Granda: triunfos y amores de un muchacho de puerto

También en los puertos - sobre todo en los puertos - se ama la música universal, de Nápoles, de Estocolmo, de Tokio o de Buenos Aires. Los marineros traen canciones, discos, nostalgias de tierras lejanas, recuerdos de mujeres hermosas de todos los climas. Y es natural entonces que un muchacho estibador, sensible, con alma de artista, comience a sentir el embrujo de canciones que hablan del amor y la belleza.

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Además, en el puerto le persiguen las melodías de un tenor cuyo nombre está en todos los labios, cuya voz está en todos esos discos que se escuchan en gramófonos enormes con trompa.

Incluso cuando en las cantinas chalacas canta un vals, no puede él evitar el recuerdo, la fascinación de esa gran voz.Más tarde, cuando comience a viajar, aliviará el tedio de la ruta cantando en voz alta, poderosa, melódica, las arias que ha aprendido de Enrico Caruso.

En 1924, mientras trabaja como ingeniero del 'Huallaga', tiene la suerte de encontrar a un jefe militar melómano y amigo de melómanos, el Coronel Manuel Torrico, quien junto al contador del barco, un señor Bryce, se convierte en su admirador.

Un día de 1924, los dos entusiastas lo presentan a la señora Rosa Mercedes Ayarza de Morales, gran música dedicada al folklore.Ese día, el muchacho (de 25 años) habrá encontrado a su hada madrina, quien le daría el empujón inicial que habría de llevarlo a conocer las tierras que soñó y a unir su destino sentimental con una de esas mujeres europeas que había escuchado evocar por marineros enamorados de novias remotas.